sábado, 7 de mayo de 2011

El maletín, sentencia moral

Opinión
Domingo Alberto RANGEL
El Carabobeño


El juicio a Antonini Wilson, o caso de la maleta, ha revelado la podredumbre de toda la clase dirigente venezolana. Están podridos aquí los políticos y los militares, los empresarios y los sindicalistas, los periodistas y los escritores. Tanto en el gobierno como en la oposición predominan en proporción de diez a uno, los corrompidos de toda laya. ¿Asumirá cada uno de ellos la responsabilidad derivada de su inmundicia moral? Nadie aceptará estar retozando en el chiquero de la corrupción. En el parlamento, en la judicatura, en el gobierno, se necesita un microscopio electrónico para descubrir a algún personaje honesto. Entre los fiscales del Ministerio Público son, con excepciones que sería capaz de descubrir sólo la aguda mirada de un águila caudal, numerosos los extorsionadores. El fiscal Anderson, presentado como un nuevo Bayardo sin tacha y sin reproche, tenía una máquina de extorsión. Pero el entonces vicepresidente Rangel, dirigía una banda rival. Y entre ambos estalló la competencia que se tradujo en un asesinato. Al Capone y John Dillinger cuando disputaban el control de famoso Distrito Nueve de Chicago se enfrentaban ellos mismos, blandiendo sus pistolas en memorables batallas de medianoche, pero los contrincantes venezolanos del delito apelan a una institución vieja de siglos, el sicariato. Tan ilustre ha sido esa institución que los Papas del Renacimiento la utilizaron como la emplean hoy todas o casi todas las policías del mundo.
Los delitos que cometían los hombres del maletín son tan profusos, consuetudinarios y ostensibles que, cuando menos, el presidente de PDVSA, empresa a la cual estaba vinculada la banda, debía conocer aquellos manejos. Si no los conocía era un imbécil y si los conocía y los calló es un encubridor. Pero ¿tienen sentido estas elucubraciones de penalista? El problema planteado o que emana de las revelaciones de Miami no es para el Derecho Penal, sería para el Derecho Insurreccional, si es que en el Derecho existiera tal rama. Sólo en un país cuya élite política está casi por entero corrompida pueden ocurrir manejos como los del maletín sin que un vientecillo conmueva las hojas de árbol del Estado. Sólo una insurrección que no deje en pie ningún órgano del Estado podría curar la grave enfermedad moral que existe cuando se procede con la osadía, el descaro y la inverecundia puestos de manifiesto en el caso que venimos reseñando.

Una moral comatosa y una opinión pública cuando menos alcanforada por el letargo son los requisitos necesarios para la prosperidad de tales manejos. En el gobierno se necesitarían la linterna de Diógenes y el catalejo de un almirante para encontrar gentes puras u honestas, si un suceso como éste es de ocurrencia casi cotidiana, según se colige de las remembranzas que hacen los protagonistas de esta novela policial con mezcla de corto cinematográfico que se nos ha venido exponiendo.

Los medios políticos del país están tan corrompidos, todos ellos sin excepción, que ya nos están diciendo que las revelaciones son un montaje del imperialismo yanqui. En la escolta de Chávez hay quienes, como los Borbones de España, ni aprenden ni olvidan. Entre ellos destacan el reducido grupo estalinista y algunos grupúsculos de izquierda cuya moral es tan acomodaticia que cuando alguien les enrostra sus blandenguerías éticas y sus debilidades personales, apelan al imperialismo acusándolo de mentir y engañar. En las filas del propio estalinismo encontraríamos la respuesta a esta peregrina manera de zafarse. Sin embargo, el imperialismo yanqui jamás acusó a los hermanos Machado, a Jesús Farías, a Cruz Villegas de torceduras morales porque esos camaradas no sólo eran antiimperialistas, consideraban que tal posición implicaba una moral tan enhiesta como el Aconcagua y tan límpida como las aguas de un arroyo de montaña. Cuando los camaradas que he citado dirigían el Partido Comunista, la izquierda no era una romería de Mujiquitas detrás de un militar golpista a quien la suerte le entregó lo que él no supo conquistar. Las revelaciones de Miami son en cierto modo una lápida no sólo contra el gobierno, también incriminan a la oposición. Son ellas la reprimenda de todo un proceso. Es una lástima que el imperialismo o unos jueces del imperialismo hayan tenido que realizar la tarea que tocaba a los gobiernos de Argentina y de Venezuela. Pero eso es pedirle peras a un olmo ya viejo...

Venezuela y Argentina debieron abrir las averiguaciones judiciales desde el momento mismo en que se produjo la fuga del gordo Antonini Wilson en Buenos Aires. En casa del ahorcado no se menciona la soga. Los regímenes de Venezuela o de Argentina no iban a afilar el cuchillo que cortaría sus propias gargantas. Ahora, cuando la justicia yanqui hizo lo que ellos no hicieron, estando obligados a proceder corren presurosos a pedir actas y a demandar pruebas. Como decía el difunto Luis Herrera, tarde piaste, pajarito. Es una vergüenza para América Latina que un juez yanqui tenga o aproveche la oportunidad que le brinda la inhibición culposa de los jueces latinoamericanos para adelantar las investigaciones de este caso. Cuando el imperialismo tiene que realizar lo que nos tocaba a nosotros, es porque la vida interior de nuestro continente dejó de ser respetable para hacerse, hasta cierto punto, despreciable sin atenuantes. A propósito, Latinoamérica vive una etapa de decadencia o de mediocridad que no tiene precedentes desde 1810. Mientras el Medio Oriente y Asia son protagonistas equiparados o superiores a Europa, nuestro continente sólo intriga o rezonga, teniendo ya agotada su vena protagónica. José Rafael Pocaterra se adelantó de época al escribir las "Memorias de un venezolano en decadencia", no sospechaba que ochenta años después, la decadencia batiría todos los récords y superaría todas las marcas. Cuando el imperialismo gringo se da el lujo de dictarnos lecciones morales, así será nuestra alma, como dice el refrán popular

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